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A diferencia de otras cerámicas, como la talavera, el barro mexicano conserva una profunda influencia de la alfarería prehispánica que evolucionó con el mestizaje. Desde sus técnicas de preparación hasta el modelado de las figuras, el trabajo en barro posee reminiscencias de la tradición con la que se esculpían deidades, gobernantes gloriosos y escenas de la vida cotidiana.
Es probable que esto se deba a que, incluso después de la Colonia, la alfarería se mantuvo viva en el espacio íntimo de los hogares para cubrir las necesidades diarias. Esto fue posible gracias a la accesibilidad de su materia prima: la tierra. Esta misma tierra otorga pigmentos y carácter a cada obra, y nos recuerda que, para los pueblos mesoamericanos, el barro fue uno de los materiales con los que los dioses moldearon a la humanidad, antes de perfeccionarla con el maíz. De este modo, el barro se erige también como sinónimo del origen de la vida humana.
Un ejemplo de las piezas que dan continuidad a la tradición alfarera prehispánica son los círculos de amigos, una artesanía tan popular como poco reconocida. De belleza evidente, se trata de una pieza formada por personas con los brazos entrelazados que componen un círculo, cuyo centro está destinado a servir como macetero o portavelas.
Existen distintas versiones que varían en el número de integrantes, así como en el estilo de los rostros y la indumentaria. Sin embargo, todas transmiten valores comunes: fraternidad, amistad y paz. Aunque está conformada por figuras humanas, la obra parece evocar un carácter espiritual, puesto que el protagonismo no recae en los individuos, sino en el centro que es capaz de reunirlos.
Por ello, algunos comparan estas figuras con la danza de los derviches o devran, así como con la danza de la amistad de los nativos norteamericanos. En todos estos casos, unos cuantos elementos bastan para evocar símbolos universales: el círculo, que remite al infinito y a la perfección, y el dinamismo de un «movimiento inmóvil» de la vida, encarnado en la danza y la música. googletag.cmd.push(function() { googletag.display("div-gpt-ad-1699315392713-0"); });
Pese a las lecturas universalistas —que sin duda son el principal atractivo para quienes adquieren estas piezas—, poco se sabe de su raíz. De acuerdo con los hallazgos arqueológicos, su origen es el mismo que el del tlalchichi, el célebre perrito de Colima. Hablamos de la tradición de las Tumbas de Tiro de Jalisco, Colima y Nayarit, que datan del 300 a. C. al 400 d. C. y que fueron descubiertas a partir de la década de 1930, en gran medida por saqueadores.
Inicialmente, se creía que las tumbas de tiro eran vestigios de la antigua cultura purépecha. Sin embargo, actualmente se sabe que en el occidente de México no existía en dicho periodo una cultura unificada. Empero, estas tumbas se caracterizan por tener un pozo vertical, o casi vertical, excavado de 3 a 20 metros de profundidad, con la posibilidad de conectar a una o más cámaras subyacentes. googletag.cmd.push(function() { googletag.display("div-gpt-ad-1758315869203-0"); });
Es en estas auténticas cápsulas del tiempo, asociadas a ritos funerarios de linajes familiares, donde se encontraron las primeras rondas de danzantes: maquetas en las que aparecen personajes con distintos estilos danzando en torno a un músico. Esto ha sido interpretado como un ejemplo de cohesión comunitaria en la época prehispánica y una muestra de la posible importancia del líder, representado por la figura humana del centro, lo cual marca una diferencia con su versión moderna, el círculo de amigos. Asimismo, existen maquetas aún más complejas, donde se muestran edificios y personas fuera del círculo, y versiones donde los integrantes no están entrelazados, sino atestiguando un evento fúnebre. Esto cobra pleno sentido para todos los artefactos de este tipo debido al contexto mortuorio donde fueron colocados.
Sin embargo, como es común con este tipo de piezas, tras su hallazgo en el siglo XX emergieron nuevas lecturas, e incluso se les revistió del mito de que, al final del día, los antiguos indígenas se abrazaban alrededor del fuego. El romanticismo y los nuevos movimientos espirituales en México facilitaron que las rondas de danzantes se transformaran en los círculos de amigos. Hoy en día, son una de las piezas más conmovedoras, que comparten nuevamente espacios tanto en altares de Día de Muertos como en ofrendas de estilo Nueva Era, demostrando la inmortalidad de los símbolos, quizá la misma inmortalidad que quisieron representar aquellos individuos que las produjeron y resguardaron en las tumbas del occidente de México.
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